Cómo la pintura y la ilustración se convirtieron en mi primer lenguaje
Cómo la pintura y la ilustración se convirtieron en mi primer lenguaje
Desde que tengo uso de razón, tanto la pintura como la ilustración han sido mi manera más auténtica de comunicarme. Antes incluso de saber poner en palabras lo que sentía, ya sabía expresarlo con colores, trazos y formas. El arte fue mi primer idioma emocional: una forma de hablar sin tener que decirlo todo, una puerta abierta para que los demás pudieran entender lo que llevaba dentro.
De pequeña no sabía muy bien cómo entretenerme. Las muñecas no me gustaban; las rompía sin querer, no porque fuera traviesa, sino porque simplemente no conectaba con ellas. No iban conmigo, no me despertaban nada. Y fue justo ahí, en ese espacio donde no encontraba mi lugar en los juegos tradicionales, cuando la pintura apareció como un refugio y una compañía. El dibujo se convirtió en mi entretenimiento, en mi manera de explorar el mundo y de explorarme a mí misma.
Pintar me permitía sacar mis emociones hacia el exterior, convertir lo que sentía en algo visible, comprensible, vivo. Cada trazo era una confesión silenciosa; cada color, una emoción que necesitaba ser escuchada. A través del arte aprendí a mostrar mi mundo interior sin miedo, a comunicarme incluso cuando las palabras se quedaban cortas.
Con el tiempo entendí que no solo pintaba para mí, sino también para quienes necesitaban ver más allá de la superficie. La pintura y la ilustración se convirtieron en un puente: una forma de acercar mi sensibilidad a los demás y de abrir caminos hacia la comprensión y la inclusión.
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